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LAS EMPRESAS Y EL ESTADO (QUE FINANCIA UNA PARTE), MALGASTAN UN MONTÓN DE DINERO EN FORMACIÓN EN “HABILIDADES” QUE NO SIRVE PARA NADA

Bombazo

Hoy me he levantado cañera, y después de mucho reflexionar porque sé que puede dar de qué hablar y herir sensibilidades, me he decidido a dar mi opinión personal sobre nuestro sector de la formación y el desarrollo de personas en el mundo corporativo.

No pretendo buscar culpables ni ofender a nadie, ni a mis colegas de profesión, ni a las personas de RRHH que contratáis la formación en las empresas. Simplemente dar mi visión de cómo entiendo yo este mundo para buscar soluciones, por si puedo aportar mi granito de arena en pos de mejorar la calidad de los proyectos y acciones formativas, y de que la formación en habilidades se utilice y se transfiera al día a día, lo cual es mi batalla personal.

En realidad creo que es un secreto a voces. Creo que es algo que mucha gente piensa en este sector pero que no se atreven a verbalizar, porque puede suponer tirarnos piedras en nuestro propio tejado.

Las empresas y el Estado (que financia una parte), malgastan un montón de dinero en formación en habilidades que no sirve para nada.

La mayoría de las formaciones (de desarrollo de habilidades, no formación técnica) no funcionan. Para mí esto quiere decir que después de terminar el proyecto o la acción formativa, en la mayor parte de los casos, no se hace nada con lo aprendido, osea, no se utiliza, no hay transferencia al puesto de trabajo, al día a día. Y por tanto, el resultado y el impacto en la empresa, es prácticamente nulo.

En primer lugar, porque es difícil que el ser humano cambie, que se desarrolle. Es difícil que una persona aplique lo aprendido en una formación en habilidades y lo mantenga en el tiempo, que cambie su comportamiento y sus hábitos. Lo siento, pero es la realidad. Se requiere que la persona quiera, que sepa y que pueda. Y esto es más complejo de lo que significan las palabras anteriores e implica mucho esfuerzo por todas las partes. Por parte del proveedor y formador, por parte de la empresa que la contrata, por parte del entorno, y sobre todo, por parte de la propia persona que la “recibe”, que debe asumir la responsabilidad de su desarrollo.

En segundo lugar, porque las empresas suelen imponer sus propias condiciones en cuanto a la formación que contratan (duración, técnicas, contenidos…), en vez de escuchar a los que son expertos en desarrollar la habilidad objeto.

En tercer lugar, porque en pocas empresas se miden de forma “real” los resultados de la formación, y sin una evaluación real, que parece todavía no interesar a nadie, es prácticamente imposible demostrarlo.

Y por último, porque los proveedores y formadores, aún sabiendo que lo que está comprando la empresa no va a tener el resultado “adecuado” en términos de utilidad y aplicabilidad, lo venden de igual forma. Y no voy a criticar esto porque lo hemos hecho todos. No tanto porque necesitamos facturar, que también, no somos una ONG, si no porque uno se acaba cansando de pelear y discutir siempre lo mismo sin mucho éxito. En mi caso, mi conciencia se queda más tranquila exponiendo esto mismo a los clientes, y poniendo encima de la mesa los resultados que podemos esperar con el proyecto de forma objetiva.

Y la unión de las variables anteriores da como resultado de la ecuación que las empresas tiren un montón de dinero a la basura cada año en formación.

Por ello, mi batalla personal, por lo que trabajo cada día, es para conseguir que la formación que diseño e imparto sirva para algo, que se aplique en el puesto de trabajo, que se utilice, que sirva para lo que ha sido creada, que no quede en un cajón, que las empresas no pierdan su dinero y los trabajadores su tiempo para simplemente pasar un buen rato en una sesión formativa, y que realmente tenga un impacto y un retorno para la empresa que la contrata. 

Obviamente, esto no se puede conseguir en una sesión grupal de X horas. Requiere de individualización. Requiere de una metodología que aúne sesiones grupales para “aprender” con sesiones individuales para practicar y aplicar de forma personalizada, dependiendo de dónde le apriete el zapato a cada persona (su situación actual, su punto de partida, sus problemas, su equipo, sus objetivos…). Requiere de un acompañamiento para superar obstáculos y dificultades. Requiere de repetición, de feedback para corregir y de seguir repitiendo y practicando. Las personas aprendemos así. Las personas necesitamos lo anterior para cambiar rutinas, para cambiar hábitos, para superar el esfuerzo inicial de hacer las cosas de una forma distinta y de mantenerlas al cabo del tiempo.

¿Quieres saber más sobre cómo mi metodología pedagógica resuelve estos problemas?