Seleccionar página
 

MI PARTICULAR CONFINAMIENTO

Todo está bien.

Hace un mes que se decretó el Estado de Alarma. Si eres de los que lleva la cuenta de los días, habrás observado que me ha costado más de una semana terminar de escribir este artículo. Y es que estas cuatro semanas no me han sobrado las ganas ni la energía precisamente, tampoco el tiempo.

Tener un niño de 2 años las 24 horas del día contigo que además no entiende por qué no puede ver a sus compis del cole, ir al parque o por qué ve a sus abuelos solo por videoconferencia, no se puede definir como fácil. Tener a tu padre recién operado y con ciertas complicaciones en unas circunstancias como estas, tampoco. Tener que decidir entre tu profesión y tu familia, porque la palabra «teletrabajar» no encaja en el puzzle y no es el momento de jugar a ser superwoman, mucho menos. Y si a eso le sumas haber estado contagiada por el maldito (o bendito) covid-19, con síntomas leves afortunadamente, tanto tú como una parte de tu familia, terminamos de cerrar el círculo.

Sin embargo, no quiero quejarme, porque hay personas que lo están pasando realmente mal a causa de este virus, y porque lo que me está sucediendo lo tomo como un regalo de la vida para ayudarme a tomar consciencia de lo realmente importante, para valorar lo que antes no valoraba, para pasar más tiempo con quien más me necesita, y para permitirme ser yo en su totalidad, sin máscaras.

Y lo cierto es que me siento bastante satisfecha. Satisfecha, porque he sido fiel a mis principios, tomando en cada momento la decisión que era más acorde a mis valores, aunque fuera en contra de mis objetivos y me pusiera en una situación de «desventaja» para el futuro. Porque me he dado el permiso que antes no me daba, mostrando mis luces y sobretodo mis sombras, dejando salir facetas y emociones que había estado escondiendo mucho tiempo. Porque he fluido con la vida y con el momento, haciendo caso a lo que me pedía el cuerpo y no la cabeza. Porque he sido capaz de «aceptar» la situación sin resignarme, y además he aprendido a cocinar, y eso que era de las que no sabía hacer ni un huevo frito sin quemarlo :_).

Pero sobre todo, me siento muy satisfecha porque he conseguido no sentirme culpable por «desaprovechar» el tiempo y ser «improductiva», por no llegar a todo, por «perder» el control, por ser imperfecta, por no pretender «crecer» personal y profesionalmente, por saltarme mis rutinas de entrenamiento o mis hábitos de comida saludable, por no haber podido ofrecer mi ayuda como tanta gente está haciendo…, en definitiva, por ser cíclica como la vida misma, teniendo días en los que estoy pletórica y hago mil cosas: actividades con el peque, cocina, limpieza, lectura, formación, ejercicio y planes en familia…, y otros en los que solo me apetece quedarme en el sofá viendo una serie y comiéndome todo el stock de chocolate de mi despensa, y como no puedo porque tengo una personita dependiente de mí, me permito cabrearme y refunfuñar hasta que se me pasa.

Escribo todo esto porque está bien si te pasas el día haciendo mil cosas o si no haces nada, está bien si usas las redes sociales y las videollamadas como nunca o si buscas refugio en ti mism@, si estás feliz por tener a los niños en casa o deseando que vuelva el cole, si aceptas o te resistes, si sientes alegría o ansiedad, si estás aprendiendo millones de cosas o si terminarás el confinamiento como lo empezaste, si estás replanteándote tu vida o si estás deseando recuperarla. Todo está bien. Porque lo estás haciendo lo mejor que sabes, porque lo estás haciendo lo mejor que puedes.